´´Ahí Empezó´´ Por Thibault

“Ahí empezó”
Por: Thibault

Foto: Pick Pic

 

Salimos Eleonor y yo hacia el parqueo. Era hora de irnos. Ya no quedaban invitados. El salón de fiestas lúgubre que habían contratado hasta medianoche estaba vacío. Nunca había estado lleno pero tampoco tan vacío como ahora. Perpetua había salido con un grupo de amigos después de la cena. Se había ido sin despedir.

“¿Que te pareció la boda?”, preguntó Eleonor.

“Apresurada, Eleonor, ¿que queres que te diga?”, respondí.

“Alguna otra cosa que no sabíamos ya…¿la viste feliz?”

“Eleonor, la muchacha esta no esta feliz, esta embarazada.”

Caminamos hacía el carro en silencio. Martirio había sido amiga de Perpetua desde pequeñas. Jugaban a las muñecas juntas. Iban a fiestas juntas. A veces, hacían hasta tarea juntas. Intentábamos pasar las vacaciones con su padre, uno de mis mejores amigos. Eso fue lo que creó ese lazo tan estrecho que las unió desde pequeñas. Nunca se había separado tanto, hasta que Martirio conoció al chaval.

Ya en el carro, Eleonor siguió insistiendo: “Y, ¿Perpetua te dijo algo?”

“¿Sobre que, Eleonor?”

“De.. ¿porque se fue desde la cena? O, ¿a dónde se fue? ¿A qué horas piensa regresar?, por ejemplo…”

“Eleonor, es tu hija, las mujeres se entienden mejor; si no te lo dijo a vos, no me lo dijo a mi…”

“OK”, concluyó.

Manejé, tratando de mantener el silencio digno de la noche. Ya hace mucho no íbamos a una boda, por lo menos juntos. Muchas de las amigas de Perpetua se habían casado ya, y a veces llevaba a Eleonor como su pareja, con la excusa de irse temprano. Nunca nos gustaron las bodas, a ninguno.

Pasamos la zona hotelera, la discoteca de moda cerca de la sede de la ONU…Pasamos por aquel patio baldío donde había hace como veinte años un venado cola blanca. Siempre parábamos con Perpetua para verlo. A veces también con Martirio, eran inseparables.

Seguimos la avenida que nos llevaba justo a casa. Y cada punto me recordaba a su infancia. El restaurante chino que le encantaba a Perpetua. La primera óptica que le diagnóstico el astigmatismo y le dio sus anteojos como los del Harry Potter. La mueblería donde le compramos su primera cama sin barandales. La tienda donde rentábamos las películas de Disney que le encantaban, y luego los musicales, y luego las de miedo y suspenso. La pulpería donde pedía los chicles y los alborotos sin que nos diésemos cuenta, teniendo luego una deuda de hasta cien pesos en dos semanas.

Con la boda de Martirio, lo único que me venía a la mente era justo eso, ¿quién sería el chaval que se iba a casar con mi Perpetua?

Abrí el portón de la casa; era eléctrico y le costaba unos cuantos minutos en abrirse por completo. En eso, Eleonor inició a llorar. Voltee mi cabeza para verla a los ojos. Ella hizo lo mismo.

“Perpetua, cariño…”, y siguió llorando, llevándose las manos a los ojos.

“¿Que Eleonor? ¿También esta embarazada?”

“No cariño…Perpetua es distinta.”

Voltee mi cabeza hacia la casa, aprovechando su silencio para parquear el carro. Cerré el portón. Eleonor puso su mano izquierda sobre mi hombro, deslizándose el mismo al salir ella del carro. Camino lentamente hacia la casa.

Al abrir la puerta, salieron las perras a saludarla, cargo una y llamo a la más vieja para que la siguiera. Yo seguía en el carro.

Eran ya las seis de la mañana. Me quedé sentado en la sala de estar, con una cerveza fría en la mano, y dos botellas vacías de la misma sobre la mesa de centro. Pensando en lo silencioso que podía llegar a ser la mañana, escuché la puerta del portón abrirse. Unos pasos lentos y torpes caminando hacia la puerta principal. Escuché como mi hija intentó abrir la puerta principal con su llave, dándose cuenta que estaba abierta.

Abrió la puerta y encendió la luz. Puso su cartera y su abrigo sobre la silla más cercana, al mismo tiempo, quitándose sus tacones.

En eso, levanto la cabeza y me vio. Y yo la vi. Había estado llorando. Y yo también. Agarró una de la servilletas de la mesa donde estaban las botellas vacías. Se limpio las mejillas con el maquillaje escurrido, acercándose lentamente a mi lado.

“¿Me puedo sentar, Pa?”

“Si hija”, respondí. La abracé.

“Pa, ¿te puedo decir algo?”

“Siempre hija”, respondí, esta vez abrazándole más fuerte.

“¿Prometes que no te vas a enojar?”

Tomándole de los hombros, la voltee para verla a la cara y le dije: “Nunca hija”.

Sabía ya lo que me iba a decir. Lo triste era que me lo dijera con tanto miedo.

“Antes que me digas algo, hija, solo quiero decirte que, Martirio se casa porque esta embarazada, tu mamá me lo dijo”.

Se acomodó a mi lado, y agregó: “Yo se lo dije a ella”.

“Ahh”.

“Entonces no vale la pena llorar hija,” le dije.

“No digas eso, Pa. Solo escucha lo que te tengo que decir”, me argumentó.

Suspiré. Luego tome el último trago a la tercera cerveza, poniendo la botella vacía sobre la mesa.

“Ya sé hija, sos diferente”.

Perpetua me abrazó fuerte y rió. “No por eso dejo de ser tu hija”.

“No por eso dejas de ser mi hija, hija”, repetí, con el pesar de lo que diferente significa y con el dolor de tener que descubrirlo así, con el dolor de no saber como ayudarle, con el dolor de tener que aceptarlo a pesar de todo.

 

Foto: Recovery Connection

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